En el año 2014, Tocopilla fue escenario de un acontecimiento que, por su desarrollo y desenlace, terminó convertido en una paradoja histórica y en una ironía amarga: un episodio que dejó al descubierto la corrupción institucional y la existencia de un lumpen uniformado, amparado por la autoridad que decía representar.
Un violento robo contra un vecino —a quien se le sustrajo una caja fuerte con una considerable suma de dinero— sacudió a la comunidad. El ataque generó conmoción e indignación colectiva. La noticia corrió rápido y el miedo se volvió común. La ciudad, sintiéndose vulnerada, respondió con una marcha masiva que exigía justicia, mayor seguridad y la detención de los responsables. Aquella manifestación buscaba algo más que castigo: pretendía reafirmar la cohesión social frente a la amenaza del delito y restaurar la confianza quebrada.
En una primera etapa, la justicia pareció dar respuestas claras. El Tribunal de Juicio Oral en lo Penal de Antofagasta condenó a dos adultos y dos menores por el delito de robo consumado con violencia, cometido el 2 de noviembre de 2014. Los adultos recibieron penas de 15 años y un día y 10 años y un día de presidio, respectivamente. Los menores fueron sancionados con medidas de reinserción y regímenes especiales acordes a su edad.
Sin embargo, lo que parecía un caso cerrado de criminalidad común dio un giro inquietante. Al no lograr abrir la caja fuerte, los delincuentes la abandonaron en un barranco costero del sector norte de la ciudad. Cinco días después, Carabineros recuperó la bóveda. Pero aquel hallazgo, que debía fortalecer la investigación, terminó por desviarla hacia un terreno impensado.
Los funcionarios a cargo trasladaron la caja fuerte y la abrieron sin informar oportunamente al Ministerio Público. Declararon inicialmente que en su interior había cerca de 17 mil dólares, mientras la víctima insistía en que la suma real ascendía a 150 mil dólares. La investigación posterior confirmó lo peor: los policías se habían apropiado de la mayor parte del dinero (ver resolución judicial).
Así, los autores del robo final no fueron delincuentes externos ni figuras anónimas, sino miembros activos de la policía local. Aquellos mismos a quienes la comunidad había confiado el resguardo del orden y la seguridad resultaron ser los perpetradores del delito que motivó la protesta ciudadana.
La paradoja alcanzó su punto más alto al comprender que la marcha —organizada para exigir acción contra los culpables— se dirigía, sin saberlo, contra quienes vestían el uniforme y marchaban simbólicamente del lado de la ley. La traición no fue solo penal, sino también moral: la confianza cívica se quebró y la noción de seguridad pública quedó expuesta como una promesa frágil, vulnerada desde dentro.
A fines de 2025, la Corte Suprema de Chile confirmó la condena contra los cuatro carabineros por el delito de apropiación indebida, rechazando un recurso de casación mal planteado. La sentencia ratificó penas de 541 días de presidio y el pago de multas, estableciendo que los hechos y la responsabilidad estaban plenamente acreditados.
Pero la justicia, aunque tardía, no logró fijar del todo la memoria. La sorpresa de los vecinos fue intensa y paradójica, aunque insuficiente para volverse recuerdo duradero. La marcha, ruidosa y encendida, se fue diluyendo con el tiempo, como si el asfalto tuviera la costumbre de borrar las huellas incómodas. Quedó apenas un murmullo, una indignación cansada y la certeza —profundamente irónica— de que incluso el estupor, cuando no se cultiva, también prescribe.
En esa marcha, nadie imaginó siquiera que Carabineros estuviera involucrado en el delito. La sospecha no alcanzaba al uniforme. Por el contrario, la institución fue interpelada desde los discursos, emplazada a aumentar su eficiencia, a redoblar la vigilancia y a restituir el orden perdido. Se le exigía más presencia, más control, más autoridad, sin saber que el mal ya no rondaba afuera, sino que marchaba protegido por la investidura, escuchando los reproches desde el interior de la misma institución señalada como salvación.
Créditos:
- Columna por Dr. Damir Galaz-Mandakovic. Más información en Tocopilla y su historia.
- Fotografías: Canal Tocopilla 7.

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