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1923, el año en que el miedo tuvo una tarifa de $594

archivo Tocopilla 1923

El pasado 14 de enero se cumplieron 71 años del incendio que consumió el regimiento N° 7 Esmeralda en Antofagasta. La nota conmemorativa publicada en este Diario lo dejó claro: fue una jornada infernal. El fuego devoró la estructura de madera en la Avenida Brasil y redujo a cenizas una reliquia de la Guerra del Pacífico: el mástil original del Morro de Arica. La prensa lloró la pérdida patrimonial. Sin embargo, tras la remoción de los escombros, la tragedia mostró su rostro más cruel cuando los bomberos encontraron el cuerpo calcinado de un niño de 12 años.

El fuego borró huellas y consumió prácticamente todo el regimiento, pero existen hechos que el tiempo quizás ocultó, pero no olvidó.

Tocopilla

Tres décadas antes de aquel incendio, el Regimiento Esmeralda viajó 180 kilómetros al norte, hasta el puerto de Tocopilla. No hubo llamas esa vez… Hubo miedo.

Corría noviembre de 1923. Los obreros de la termoeléctrica de la Chile Exploration Company paralizaron sus labores. ¿El motivo? Exigían aumentos salariales, el pago de horas extra, remuneración doble los domingos y festivos y un mejor trato por parte de las jefaturas estadounidenses. ¿Cómo respondió la compañía? No con diálogo, al contrario, con la fuerza. El gobernador Tomás Lawrence (nombrado por el presidente Arturo Alessandri Palma) gestionó el traslado urgente de tropas desde Antofagasta para sofocar el movimiento sindical.

La ironía fue cruel. Años antes, en 1915, ese mismo regimiento había viajado a Tocopilla para la fiesta de inauguración de la termoeléctrica. Aquella vez, la banda instrumental tocó el himno nacional y ofreció presentaciones en la plaza para el disfrute de las y los tocopillanos. Ahora, en 1923, regresaban convertidos en el brazo armado de una empresa de capitales extranjeros que veía como enemigos a sus propios trabajadores.

Los militares llegaron a Tocopilla y el puerto contuvo el aliento. Su “fama” los precedía: eran los mismos hombres que, apenas dos años antes, el 3 de febrero de 1921, habían protagonizado la masacre de la Oficina San Gregorio, donde entre 60 y 80 pampinos cayeron bajo las balas del ejército de su propio país.

Arma psicológica

En la ciudad, el pánico funcionó como un arma psicológica. En 1923 no se disparó ni una bala. La sola presencia de los uniformados en las calles, patrullando entre la humedad costera, desarticuló la huelga.

Los trabajadores tenían la masacre en la retina. No les quedó otra que volver a las faenas con la cabeza gacha y sin lograr sus demandas.

Fin de la huelga:

Terminado el paro se impuso el Estado de Sitio, iniciándose la persecución y encarcelamiento de los obreros afiliados a la Gremial de Mar y Tierra.

La Gobernación envió a la empresa un listado con los nombres de algunos obreros que lideraron la huelga: "Como órgano del Estado, contribuimos con vuestra compañía para que pueda desplegar sus actividades sin interrupción de agentes vinculados al comunismo y anarquismo (...) 41 de los identificados viven en Villa Covadonga, por lo cual se sugiere que sean expulsados del campamento".

El orden regresó al Puerto Salitrero, la empresa recuperó su producción y el regimiento Esmeralda, cumplida su labor de guardia privada para intereses extranjeros, pasó por caja.

Una factura

El 11 de diciembre de 1923, la unidad militar envió un oficio a la Gobernación. No era un documento detallando acciones bélicas, era algo mucho más banal: una factura de cobro.

El texto exacto remitido al gobernador decía: “Tengo el agrado de remitir a Ud. una cuenta por la suma de $594, por dos pasajes en cámara y 40 de tercera (clase), extendidos para los señores oficiales y tropa del Regimiento Esmeralda durante la huelga y que regresó en el vapor Mapocho el 23 de noviembre”.

La Chile Exploration Company dispuso el dinero y el Estado agilizó la gestión para pagar al regimiento Esmeralda por su labor de infundir miedo a los tocopillanos.

Al respecto, el historiador local, Dr. Damir Galaz-Mandakovic, explicó que aquella intervención no fue un hecho aislado, sino parte de una ‘memoria de sangre’ donde el brazo armado del Estado operó para proteger los intereses privados de una compañía estadounidense. “La historia del Ejército chileno en un contexto minero como el nuestro propició que muchos soldados devinieran en verdaderos mercenarios, pues acudían de forma recurrente al llamado de los empresarios. En algunos casos, el servicio era remunerado económicamente; en otros, eran agasajados con fastuosos banquetes. Un dato revelador es que estos soldados eran denominados ‘krumires’, una expresión del mundo obrero utilizada como sinónimo de rompehuelgas, pero también asociada a la traición y al oportunismo, una expresión profundamente despectiva.  De este modo, en caso que el regimiento no disparase, asumía las funciones de los obreros, transformando a los soldados en peones al servicio de los capitalistas ingleses o estadounidenses. En todo esto, se devela la asimetría entre los agentes del Estado y el capital”.

Más de 70 años después del incendio que destruyó su cuartel, la historia oficial recuerda al regimiento N° 7 Esmeralda por su mástil destruido y su arquitectura de madera noble. En Tocopilla, y en gran parte del norte, la memoria es distinta. Allí, el honor militar tuvo un precio exacto: 594 pesos. Esa fue la tarifa del miedo.


Por Javier Andronico Cangana

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